El viejo se llama Manuel y la verdad que desconozco los años que lleva sobre sus espaldas, aunque de poco importan a efectos de estas líneas. Es tranquilo, de andar parsimonioso y en los surcos de su piel uno puede ir adivinando que el paso del tiempo no ha sido en vano... “Este tipo ha sabido vivirla”, me digo a mi mismo, y me limito a admirar sus ganas de seguir peleando y esa esperanza que se adivina en el brillo acuoso de sus ojos.
Ha venido a verme. En realidad nos vemos poco, pero el afecto recíproco permanece intacto... como no apreciarlo a Manuel, si es puro corazón. Viene a despedirse...el lunes sale hacia su Argentina amada, cinco años de ausencia han marcado su corazón a fuego, y apenas si puede contener las lágrimas cuando me habla de la ilusión del regreso.
Se lo nota conmovido, como con miedo. Pasé por ese momento ya hace más de un año, pero me pregunto cuán diferente serán esas sensaciones cuando el achaque del tiempo va dejando heridas en lo más profundo de nuestro alma. Sin espacio quizá, para demasiadas revanchas a futuro, o para buscar nuevas ilusiones en un mañana que tal vez a esa edad uno no se anime a contar en demasiados años.
Heridas, en realidad, que vaya a saber si cicatrizan alguna vez, independientemente de edades y destinos.
Hará cosa de dos meses me había llamado para encontrarnos. Ese día quedé con dos amigas que lo conocían y nos juntamos a tomar un café en el centro de Madrid. “Tengo que ir” –nos decía-. La voz se le entrecortaba, nos hablaba de su congoja, de su pecho oprimido por el dolor del regreso soñado y tantas veces postergado. Se ahogaba en cada palabra, y sin embargo aventuraba fuerzas para remar contra la corriente de una nostalgia que puede sumir en la tristeza más cruel.
“Cachito –como me llama- no puede pasar de Agosto, no llegó a más, no puedo esperar a Septiembre, tiene que ser en Agosto”, afirmaba como si en ese viaje se fuera el último hálito de vida. Y quizá de algo así se trataba, se había puesto un límite (también sus jefes con las siempre esperadas y cortas vacaciones) y sentía que no podía ir más allá en el tiempo. No importaba que en Agosto los vuelos fueran más costosos, nada importaba...en su mente sólo estaba el viaje, sólo él y el vuelo, el viejo y el avión, Manuel y el reencuentro con el San Juan que lo vio crecer y el Buenos Aires que lo vio triunfar.
Su ilusión tenía fecha inamovible, férrea, y su reloj vital iba marcando los días como quien encerrado va dejando caer las hojas del calendario, penando cada segundo de sombra que lo lleve a disfrutar los instantes de sol que vendrán.
Aquel día él apenas podía hablarnos, pero necesitaba hacernos partícipe de eso que le oprimía el pecho. El viejo Manuel...luchador incansable, peleador empedernido... venía sumando euro a euro para poder cumplir su ilusión, la misma que anida en uno y cada uno de los que alguna vez dejamos la tierra...la esperanza de volver. Y, en cierta forma, nos estaba pidiendo ayuda para bancar tanta espera.
Ahora está frente a mí, intentando contarme los miedos que lo abruman...sin darse cuenta que en el abrazo del encuentro cada rincón de su piel me transmitió mucho más que todo lo que las palabras podían decir... a veces, muchas, bastan los silencios, las miradas y los gestos son todo un poema de expresión.
Sabe que allá algunos ya no estarán, y esas ausencias pesan más que los cinco años de lejanía. Aquel abrazo que antaño lo despidió es ya recuerdo de una última vez que no tiene retorno. ¡Cuánto dolerán los afectos no vividos cuando la muerte no nos deje espacio para recuperar el tiempo perdido!...
“Cachito llegó la hora”, me dice, y extiende sus brazos fundiendo su cuerpo contra el mío. “Llevás pañuelos de sobra” le pregunto entre risas, y me respondé que sí. “Y los de tela, que puedo escurrirlos y volver a usarlos”, me dice mientras gira su cuerpo para enfilar el largo pasillo.
Ahí va el viejo Manuel con su ilusión a cuestas, firme en sus pasos y tembloroso en los sentimientos. Vuelve a su amada Argentina pensando si el corazón aguantará. Buen viaje maestro, aquí lo esperamos.
Mire ambas fotos, compárelas. Ayer, 160 canarios llegan al Puerto de Garupano, Venezuela. Hoy, 54 inmigrantes del Africa, arriban a las costas canarias. Piense. Comience a hurgar en su historia personal y la de su pueblo, recorra viejos testimonios como quien desanda un camino de ilusión, acérquese a esa experiencia de vida llamada inmigración. Intente sentir lo que ellos sufrieron y sufren, comparta los sueños que aquellos llevaban y los que estos traen.
Vea, sienta, sáquese los prejuicios y piense que alguna vez –quizá- puede ser usted el que suba a un barco o a un avión, o tal vez su hijo, o quien le dice su nieto...En este mundo de calentamiento global, guerras ilegales (¿quién nos hizo creer que las hay legales?) y movimientos constantes nadie parece tener el lugar asegurado.
Y ya que está mirando ambas fotos le invito a invertir el juego... no se preocupe en buscar diferencias, no es necesario en este caso fruncir el ceño y agudizar la vista, tampoco acercarse a los detalles ni mirar hasta el picor de los ojos cada figura, sus rasgos y líneas. Ayer y hoy; blanco y negro y color; dos estampas, dos verdades, miles de historias. Anímese, y contrariamente a todo lo que le diga su informe televisivo favorito o lea de invasiones de cayucos y robos de extranjeros, póngale el corazón...ya verá que placentero puede resultar el darse cuenta, y entender, que los de hoy no son distintos a los de ayer, sienta que lindo es sentirse esencialmente humano, sin diferencias y con tanto para compartir.
"El pueblo asturiano es el único que no necesita revindicar constantemente su condición, porque es el único pueblo de España que jamás dejó de serlo". Anónimo.
Viajar a Asturias es siempre un placer inenarrable. Una y mil imágenes se suceden delante de los ojos del ocasional visitante. Todas apabullantes, variadas, disímiles, que hacen del paisaje y su vivencia un motor de sensaciones que acercan -si es que usted cree en su existencia- al paraíso terrenal.
Si lo que desea es verde, tiene a su disposición un manto infinito, de las más variadas tonalidades, con sembradíos que surcan la tez de la montaña y silentes prados que invitan a detener la marcha en el refulgir del atardecer. Elija usted, la mesa está servida: castaños, robles, avellanos, hayas, xardón...y no me diga luego que ha sido demasiado para una sola visita!. ¿Un consejo amigo?, no se engolosine, guarde imágenes en el disco rígido de sus sentidos, que entre tanto túnel "gallardonesco" no le vendrá mal cada tanto, cerrar los ojos, aspirar profundo, abstraerse y volver a recorrer esos caminos impregnados con ese aroma celestial de lo silvestre.
Pero tal vez lo que usted busque sea agua, y vaya si esta tierra no lo va a defraudar. Elija...mar, río, lagos...y si hace falta o quiere más, prepárese!...que el de “arriba”, en temporadas, se le da por llorar seguido.
De ciudades qué decirle, puede encontrar el contraste entre la inmaculada Oviedo y aldeas perdidas en el serpenteante transitar de las carreteras. Dejarse guiar por los límpidos cielos o llevarse el saludo respetuoso, como pidiendo permiso, de los abuelos que dan reposo a sus añejos huesos sentados en sillines al umbral de sus casas. O tal vez, optar entre desandar romántico el ruido de la mar o cruzar en velocidad, casi en fuga, por el corazón de las aldeas.
Pero no se asuste, si a usted no le gusta el campo, y se aburre con las estrellas y lo que quiere es marcha... tampoco ha equivocado el lugar. Eso sí, prepare su estómago, venga descansado y, por las dudas, guarde en el bolsillo una pastillita de Alka Seltzer, seguro que tendrá que usarla. La mejor sidra, muy buenos vinos, fabada, pote de berzas, quesos, y hasta unas patatas bravas que jamás olvidará...y ni que hablar de su estómago.
En fin, que no puedo contarle qué significa Asturias al universo de los sentidos sin caer en los tópicos de siempre, los cuales -vale la pena aclarar- no dejan de ser verdad. Mejor venga, disfrútelo, mire algunas fotos y enamórese...y si no lo hace, que quiere que le diga...cardiólogos hay en todos lados, pero su corazón, se me hace, ya no tiene cura.
Hablar de Cangas es casi hablar de una gran familia. Lo caminos de la vida me han acercado a un cangués de alma y a través de él a toda esa hermosa comunidad asturiana, allí donde el Río Narcea canta en el bullicio de sus aguas y el espíritu minero se acrecienta en cada festividad del Carmen.
Creo en las pequeñas coincidencias, en los gestos, en esas cosas que a ojos del mundo pasan desapercibidas. Creo en la comunión de personas, espacios y lugares a partir de esos diminutos encuentros, como el que me ocurrió en el año 2001, en aquella primera visita a esta localidad.
Era noche cerrada y fría del 24 de diciembre, faltaban apenas un par de horas para que la monotonía del reloj despertara de su letargo anunciando la llegada de una nueva Navidad. Hacía tiempo, años, que hablaba de mi pueblo sin encontrar nada en España que me recordara a él…
Pero aquella noche, la casualidad hizo que rumbo a Gera nos detuviéramos en medio del camino a auxiliar un coche que se había parado. Bajamos y allí encontré algo que tanto añoraba… esos cielos estrellados, límpidos, impolutos, refulgentes. No paraba de mirar y emocionarme, ya no importaba la tenacidad de esa helada que blanqueaba prados y colinas. Todos me decían “dale boludo…que se nos va a parar el coche” pero no podía, aquel cielo, esas estrellas, estaba otra vez bajo el techo que me había visto crecer.
Jamás olvidaré aquella coincidencia, ese descubrimiento cuando menos lo esperaba, ese regalo de una tierra que empezaba a descubrir y de la que muy pronto me enamoraría.
Pero lo mejor, quizá vendría al día siguiente. 25 de Diciembre al mediodía, calles vacías y el mate como única compañía para atemperar la inclemencia del frío. Una panadería, un pesebre y allí, detrás de la cálidas manos de María sosteniendo al niño Dios, dos banderas, la gallega…y la argentina.
Algo me sobrecogió el alma, una lágrima surcó el rostro hasta perderse en el cuenco de la boca…allí estaba yo, mi gente, mi pueblo, todos representados en ese símbolo pequeño hecho en rústico papel pintado…hacía un año Argentina había estallado en una crisis social sin precedentes, un pueblo estafado, una treintena de compatriotas asesinados, y allí, en ese rincón del mundo…alguien se acordaba de esa tierra tan lejana de la que los televisores venían mostrando imágenes sobre la muerte de sus niños por falta de alimentación.
Esperé que abrieran y entré, pedí un desayuno y pregunté por qué estaba esa bandera en el pesebre. La respuesta fue más emotiva aún, “la de Galicia por lo del Prestige –tragedia ecológica de derrame de petróleo en las costas gallegas-, y la de Argentina porque aunque está muy lejos, sentimos que lo que les pasa sucede a la vuelta de nuestra casa. Esos chavales muriendo de hambre, esa gente peleando por recuperar el granero del mundo. Argentina está muy cerca nuestro, mucha gente de aquí encontró un lugar en tu tierra”, me dijeron. En ese momento supe que ya nada podría alejar mi sentimiento de esa tierra asturiana.
Las Fiestas de El Carmen son difíciles de describir. Quizá lo mejor sea limitarse a ver fotos, pero sólo pueden sentirse presenciándolas. Asombran desde el lugar que se las mire, porque todo el pueblo se siente partícipe, porque hay que verlos tirar miles de voladores (cañitas voladoras gigantes, para los compatriotas que lean este texto) con la mano, temblar la ropa en cada explosión, oler a pólvora, sentir la adrenalina única que se desprende de los cuerpos segundos antes de la gran descarga, sentirse bendecido por las lenguas de fuego y color que hacen día en plena noche. Pero mejor…vean, disfruten y vayan reservando su lugar, el reloj que marca la próxima, ya está descontando minutos.
Hablar de Cangas es también, en su justa medida, hablar de juergas, y para que eso sea así, es necesario mencionar a los grandes juerguistas. La “Fauna” es amplia y variada…golfos sobran, sin complejos puede verlos desayunar un ron con cola o acompañar un wisky con un plato de fabada….
Sin embargo, parece que en estos tiempos de amores efímeros e inestabilidades varias, las Fiestas de El Carmen 2007 fueron testigo de la caída de tres íconos de la juerga Canguesa… el 15 de Julio, noche central de los festejos de la Vírgen del Carmen, se los vio a dos de los históricos golfillos, Bull (Dieguito Avello para las señoras del pueblo!) y Puli (Corsini), escapar al mundanal ruido para ser encontrados en la madrugada, abrazados a sendos botellines de agua. “No damos más, nos vamos a dormir, y no saques esa foto cabrón” fue lo último que se escuchó de estos leones de la juerga devenidos en corderitos…pero la foto quedó.
Al otro día, flanqueado por su novia, el menor de los Corsini, Sergio, siguió el legado de la decadencia y también se lo vio empinando el botellín de agua con cartel de “No va más”. Al menos quedan las peñas juveniles enarbolando las copas…Nijón, Toñin, Pachelo y varios más…Salud!
Este texto fue escrito el 8 de Febrero de 2007, ocasión en que la madre de un joven ecuatoriano asesinado en un atentado de ETA, fue traída a España para conocer donde vivía su hijo. La señora, padecía desde hacía 30 años una ceguera total producto de la enfermedad de cataratas,
Hace unos años el Nobel portugués José Saramago con su “Ensayo sobre la ceguera” nos metió en un mundo donde repentinamente todos perdían la visión y en consecuencia asomaba la avaricia y la mezquindad de una sociedad dominada por el pánico que no duda en sobrevivir a costa de la vida de otros. Una sociedad donde el poder, ante el volumen de la pandemia, intenta ocultar el problema, aislarlo, manipularlo.
Ahora bien, volvamos a la realidad de nuestros días y pensemos en los sucesos ocurridos en Alcorcón, en el asesinato de los dos jóvenes ecuatorianos a manos de ETA, en el bombardeo mediático (des)informativo al que hemos sido sometidos en los últimos dos meses, a la realidad de nuestros parques, a la vida de cada uno de nosotros y de nuestro vecino, y también de aquel que pasa caminando por la acera de enfrente.
Miremos, abramos los ojos, veamos (porque convengamos que no es lo mismo mirar... que ver), descifremos la senda de nuestros pasos y saquemos a la luz las verdades en medio de tanta ceguera colectiva.
La ceguera del poder.
Un viejo refrán popular dice que “no hay peor ciego que quien no quiere ver”, y en eso andan los dueños del poder mientras derrochan sus millones hablando de “interculturalidad”, llenándose la boca de todo lo bueno que hacen y en un ensayo más de la ceguera que imponen, omitiendo contarnos lo que dejan de hacer o, no quieren hacer, para hablar más claro.
Es cierto que muchos jóvenes inmigrantes ocupan los parques durante largas horas del día, una cultura que no tiene en su esencia ningún punto de conflicto si la tan mentada integración fuera cierta y desde las políticas sociolaborales y de inmigración no se les cerrara los caminos más importantes que conducen a ella.
¿Alguien puede justificar desde algún punto de vista que los jóvenes que están sin papeles no puedan continuar sus estudios superiores una vez terminado el bachiller? ¿Qué iluminada mente ha tenido a bien prohibir ese derecho tan elemental como el de educarse, el de buscar un futuro, el de insertarse mediante la EDUCACIÓN (así con mayúsculas...) a esta sociedad en la que ya se los castiga prohibiéndole trabajar?.
Tampoco parece valer la pena en esta pantomima colectiva del poder, aumentar el número de parques, escuelas, hospitales y ayudas sociales. No importa que el crecimiento demográfico de España vaya inversamente proporcional a los dineros invertidos. El erario en su afán recaudador necesita construir, aún a costa de destruir los muchos caminos que harían de todos y con todos, un país mejor.
La ceguera de la ignorancia.
Cada vez más la inmigración viene a ser un problema para la sociedad española. Las encuestas se suceden y –posibilidad de manipulación mediante- alertan respecto a una preocupación que va creciendo por encima de las bombas de ETA, la precariedad laboral o el acceso a la vivienda, por citar solo algunos ejemplos.
No es para menos...la ignorancia (tampoco estaría mal llamarla desinformación) tiene estas cosas. Cuando se habla de bandas todos somos “Lating King” y nadie quiere encargarse de ir un poco más allá en los conflictos que se puedan generar.
El caso Alcorcón ha sido una clara muestra de ello. Dos grupos se enfrentaron con puñales, armas de fuego, bates de béisbol y cuanto objeto arrojadizo encontraron en el camino. Hubo tres heridos de arma blanca, uno de nacionalidad colombiana. ¿Se habrá auto-lesionado o quizá un joven español manejaba la navaja con la misma vehemencia y desconsideración a la vida que sus supuestos agresores?.
Mejor no saberlo y seguir ciegos, parece ser la tónica general. Que nadie se entere que del total de agresiones generadas por bandas, el 75 por ciento son producidas por grupos neonazis, de ultraderecha, de esos que odian a los inmigrantes. ¡Que nadie abra los ojos!, no sea cosa que veamos en las fotos de los campos de juego españoles que entre los 15 mil ultras está el hijo de la vecina, ese de buenos modales, que va al colegio con la ropa planchada y pasea de la mano con su novia.
Sin embargo, algunos de nosotros lo hemos sufrido o cuando menos visto. Sin ir más lejos, quienes quisieron ver y no sólo mirar por el simple echo de entretener su globo ocular, habrán notado que al otro día de la reyerta en Alcorcón cientos de adolescentes (algunos de ellos niños) salieron a la calle en bandas claramente identificadas con nombres y fines, con la única consigna de “matar a los latinos”, mostrando una pertenencia violenta que difícilmente pueda nacer espontáneamente fruto de la ira del momento. Muchos los hemos visto... y él, ese joven que gritaba, no es pobre ni inculto, tal vez ni siquiera se emborracha o fuma un porro, simplemente porta el odio a los distintos y la ignorancia de no ver que todos somos iguales.
La misma ignorancia que no diferencia “inmigrantes” de “extranjeros” a la hora de hablar de delincuencia, que pone nacionalidad solo a los “de afuera” que cometen un delito pero no a los nativos que lo hacen. Idéntica ignorancia que acusa con el dedo a la mamá inmigrante que lleva a su niño a la salud pública y cierra los ojos ante el funcionario que ordena reducir el presupuesto en salud y ayudas sociales. La que nos culpa de la precariedad laboral, pero busca un inmigrante para el trabajo doméstico “porque sale más económico” y, encima, no se siente obligada a darle de alta en la Seguridad Social.
La ceguera de la pobreza
Tapa de los periódicos de toda España. Un titular a dos líneas destaca que la mamá de uno de los muchachos ecuatorianos fallecidos en el atentado de Barajas perpetrado por ETA, Carlos Alonso Palate, ha recuperado su visión tras 30 años de ceguera.
María Basilia es hoy una sexagenaria, su hijo al morir tenía 35. No pudo verlo crecer ni partir cuando hace cinco años se despidió para buscar su futuro -ahora truncado salvajemente- en España. No pudo disfrutarlo con su delantal blanco de la escuela, ni en sus cumpleaños, ni conoció a su primera novia.
Las crónicas contarán que ha conocido el mar, que ha visto el piso que habitaba Carlos, que se ha maravillado con la Puerta de Alcalá, la Diosa Cibeles, o la Ciudad de las Artes y las Ciencias en Valencia... los flashes de las cámaras inmortalizarán esos momentos que seguro Basilia ni siquiera deseó vivir, escoltada por caricaturescas sonrisas de afiche de campaña y caras de circunstancia que mañana, o tal vez ya hoy, se habrán olvidado de ella.
Pero nadie dirá nada sobre la paradoja de sus días... sólo la oscuridad de la muerte de un hijo logró dar luz a sus ojos, sólo el asesinato de Carlos hizo que alguien mirara hacia el lado de su indigencia. María Basilia vivió tres décadas sin ver a su hijo, con la único pecado de ser pobre, de padecer cataratas, de sufrir, en síntesis,... la ceguera de la pobreza.
Este texto fue escrito el pasado 26 de junio de 2007, oportunidad en que las FARC difundieron un comunicado informando del asesinato de una decena de rehenes que estaban a su cargo desde hacía más de cinco años.
Duele la muerte a los cuatro costados de la humanidad. Huele a balas el aire. Suena a disparo asesino el silencio cómplice del mundo. Grita en el desgarro el corazón destrozado de todo un pueblo, como suplicando a la ceguera generalizada un poco de aliento, un soplo de esperanza.
El vallenato guardará cansino sus acordes más alegres, y alguien atravesado por la crueldad de la melancolía más venal escribirá en un viejo papel un ¿por qué? que se perderá en los recovecos oscuros donde quedan las preguntas sin respuestas.
En Macondo, los cielos grises llorarán su llovizna inclemente y Aureliano Buendía maldecirá una y otra vez ser Coronel que responde a designios que solo arrastran la muerte de sus vecinos. En tanto su padre, el gran escritor, buscará en la magia de su realismo nuevas ilusiones para seguir viviendo; mentiras quizá, para no resignarse a irse de este mundo sin ver la PAZ en su querida tierra.
Sabe amargo el café, huele a manos cansadas de tanta barbarie y a miradas perdidas en la inmensidad de los cafetales. Y la borra encaprichada de una taza vacía se resiste a predecir un futuro que traiga luz a tanta desazón.
No te conozco Colombia, quizá la vida jamás me de la oportunidad de visitarte y, sin embargo, estoy llorando la eternidad de tu penar. Será -pienso- por el amor de tus gentes que con orgulllo anda enarbolando las bondades de su tierra por el mundo.
O tal vez la candidez de tus hijos, que a diario nos enseñan que eras mucho más que las noticias que se empeña en destacar el sistema, condenándolos sin distinción a los peores miedos y calificativos.
Ojalá sea, simplemente, que yo, y el de al lado, y el de más allá, y aquel que mira a lo lejos aún con desconfianza de acercarse a vos...ojalá sea que todos vamos abriendo los ojos dispuestos a tenderle la mano y arroparte en un abrazo hermano, a la espera de que el Coronel encuentre quien le escriba en letras grandes y legibles... VIVIMOS EN PAZ.
Este escrito surgió del Aniversario de los 30 años de las marchas de las Abuelas de Plaza de Mayo.
Quema la historia en el silencio de los que no están. Quema la memoria en el recuerdo de los caídos. Quema la palma de las manos en el aplauso infinitamente agradecido a las “Viejas locas de Plaza de Mayo”.
Treinta años de lucha ininterrumpida, de caminar por la senda de la memoria y la búsqueda. De golpear puertas que se cierran una y otra vez, de conjurar plegarias que se pierden en el Olimpo de Dioses sordos, ciegos y mudos.
Tres décadas de una marcha con ampollas, de pieles arrugadas en el paso del tiempo y miradas perdidas en el infinito de la incomprensión. De voces firmes que se agigantan en el silencio de la indiferencia.
Pañuelos blancos al viento, cerrados en férreos nudos que oprimen las gargantas pero no impiden el grito. Mantos sagradamente puros que arropan el pensamiento y la idea. Que abrigan el corazón y esa sangre que explota caliente en las venas y en un reguero de dignidad contagia las luchas del mundo.
Quema el pasado por la soledad de las luchadoras, la bala asesina y la picana reiterada que lacera la piel pero no puede con el corazón. Quema el presente por la vergüenza de 30 años de un olvido estructural que sigue adeudando respuestas de vida, para sentenciar y condenar historias de muerte.
Quema la vida en Argentina... Y las luchas de ayer siguen siendo las de hoy para perpetrarse en el mañana en otras causas justas de nuestro pueblo.
Gracias Madres, por mantener vivo el fuego de nuestros corazones.
La idea de crear este blog nació en un viaje de retorno de Asturias a Madrid, hablar de cómo unir texto y fotografía sin tener demasiado conocimiento informático derivó en esta posibilidad.
Sin embargo, la apertura del mismo no será ya para contarles de las virtudes de esa tierra hermosa de norte español, sino para desgranar los sentimientos que me embargan por el fallecimiento del querido "Negro" Roberto Fontanarrosa, argentino, escritor, futbolero fanático, humorista sin igual, dibujante genio, padre de dos de los mejores cómic que haya leído jamás, como Boogie el Aceitoso o Inodoro Pereyra, antihéroes que a su estilo supieron entrar en el corazón de los lectores.
Alguna vez tuve oportunidad de intercambiar alguna palabra con él, pero eso -claro está- no me habilita para decir que "he hablado", en todo el sentido que esos términos implican. Simplemente habrá sido una felicitación tras alguna charla, un pedido de autógrafo acompañado de un dibujo rápido del gaucho Inodoro, todo en ámbitos donde el Negro no se cansaba de atender una tras otra las demandas afectuosas que la gente le hacía.
El Negro, para los amigos españoles que no saben de él, era un tipo común, de los que daba gusto escuchar, curtido en bares de los de allá, es decir, con rueda de amigos en torno a la mesa del café, sin música que atrone los oídos y la charla incansable como única sinfonía y, a su vez, fuente de sabiduría popular. Nacido en la ciudad de Rosario, una tierra que dia a luz entre otras personalidades de nuestra cultura a Fito Páez y el "Negro" Olmedo...y ni que hablar del Che Guevara, hijo pródigo también, de estos lares. Y las mujeres, párrafo aparte!.
Tenía la capacidad de resumir en una viñeta, en un escaso "globito" (como decimos los ignorantes en la materia) que salía de la boca de alguno de sus personajes, toda una sentencia. Recuerdo por caso aquella frase genial de Inodoro que tal vez nunca se borre de mi mente (Dios no permita semejante barbaridad!), cuando intenta explicar a su fiel ladero, el perro Mendieta el por qué de su vida junto a su moustrosa mujer "la Eulogia":
.- Dígame Don Inodoro, ¿usté está con la Eulogia por alguna promesa? -le pregunta su perro al ver que la esposa revolea al gaucho un mate por la cabeza.
.- Mire Mendieta, el hombre se deslumbra con la Mujer Linda, se asombra con la Inteligente...y se queda con la que le da pelota.- sentenció el gaucho.
Pero no crean que eso era machismo, apenas una frase que escondía la ternura de este gaucho de las pampas que debía su apellido al de su madre, y su nombre en honor al padre "que era sanitario". Si hasta alguna vez llegó a confesarle a su muchacha pasada en kilos que si volviera a nacer, la eligiría de nuevo como compañera..."Endijpué de tantos años, si tengo que elegir otra vez, la elijo a la Eulogia con los ojos cerrados -dice tierno, el renegau -. Porque si los abro elijo a otra".
Decir Fontanarrosa es hablar, también de fútbol, de su pasión por los colores que lo hacían morir de alegría o tristeza, los de su Rosario Central. Canalla fervoroso en los últimos años de su carrera hasta tuvo el honor de crear el logotipo que ahora, el club de sus amores lleva en la camiseta. Todo un orgullo, todo un merecido premio.
Alguna vez contó incluso, que sus prolongadas horas de sueño hasta el mediodía sólo dos veces se vieron interrumpidas antes de las 11 de la mañana por su esposa: la primera cuando le anunció que habíamos invadido las Malvinas, la segunda, para decirle que Maradona había firmado contrato con Newell's (el equipo contrario a su Rosario amado). "No sé qué me puso más triste", confesó.
La última vez que pude ver y escucharlo fue en la Casa de América en Madrid, hace un par de años. Se presentó como era él, "Negro 100%", como rezaba la camiseta que lucía en esa ocasión. Y acaparó la atención de los presentes con su gracia habitual, su picardía bien entendida, su lucidez y sinceridad para contar que la creación de su gaucho Inodoro, lejos estaba de nacer de su sabiduría campera. "Contando toda mi vida, no sé si sumo 4 horas en el campo, y seguro al lado de un asado", comentó riendo.
Ahora se fue, una enfermedad rara, complicada, progresiva, que lo tenía en vueltas desde hacía tiempo, marcó su final. Nos queda a todos la presencia de sus inigualables trabajos.
Y a mí, el recuerdo de noches de verano en un viejo piso de estudiantes en Lomas de Zamora, Buenos Aires, riendo a carcajadas con el "Salta" Horacio Echazú, lector empedernido de los libros de Inodoro...mientras por la ventana los vecinos nos chistaban implorando silencio. "Que lo parió", dirá hoy el Mendieta, en una lágrima de tristeza por la pérdida irreparable. Chau Negro, te extrañaremos.